Erick y el Telegrafo.

Me gustaría contaros algo que me sucedió. No es algo muy habitual, pero precisamente por eso es interesante. Lo que nos ocurre todos los días, lo que hacemos para comer, trabajar o limpiarnos los zapatos, eso, al fin y al cabo, lo conocemos todos. Pero cuando ocurre algo extraordinario, entonces sí, entonces merece la pena contarse.
Veréis: mi nombre es Juan y soy telegrafista. Mejor dicho, era telegrafista. Ahora soy un jubilado de la CTNE. De vez en cuando vengo por aquí, por el museo, y me quedo observando las máquinas. Me gustan todas. Las personas de mi generación amamos profundamente las máquinas, tanto, que las considerábamos como parte de nosotros mismos.
Vosotros sois jóvenes y estáis acostumbrados a ver cómo las máquinas cambian continuamente. No os da tiempo a aprender el manejo de una, cuando ya hay otra mejor. Por eso, no les tenéis mucha fidelidad. En cambio, cuando yo era joven, las máquinas parecían que iban a durar toda la vida y teníamos que tratarlas con mucho, mucho cuidado.
Pero de todas las que hay en los museos, mi preferida es esta: el receptor telegráfico de Morse. Tened en cuenta que yo soy telegrafista, y en una máquina muy parecida a esa fue donde recibí el mensaje extraordinario del que quiero hablaros.
Fue en la noche del 27 de abril de 1944. Ya veis, hace mucho tiempo. Aquella noche leía una novela de Julio Verne: La vuelta al mundo en ochenta días. No lo he olvidado porque amaba su optimismo, su fe en el futuro, en la ciencia y también porque ese libro, misteriosamente, me esperó en un lugar dos años después. Pues bien, leía aquel libro cuando de repente oí el movimiento del mecanismo del receptor y supe que llegaba un mensaje. Dejé el libro y fui a la mesa.
El receptor repiqueteó durante un buen rato. Lo hacía de forma extraña como si el telegrafista no fuera un profesional. Apenas utilizaba abreviaturas. Mientras la cinta corría, pude ir viendo que excepto el S.O.S. que entendí inmediatamente, lo demás estaba en otra lengua. Esperé a que acabase y arranqué la cinta. Velozmente transcribí los puntos y rayas a letras, y comprobé que el mensaje estaba escrito en alemán. No sé alemán, pero afortunadamente contábamos con un traductor, Maximiliam, que sí lo sabía. Lo busqué y le enseñé el mensaje.
No tardó en traducirlo, pero antes de leerlo en voz alta hizo una mueca con la cara.
-Es un mensaje muy raro – dijo – :
“Soy un niño. Me llamo Eric. Se han llevado a mis padres. Yo he logrado escapar. Esperaré en la casa amarilla a la salida de Stegen, en el sendero del bosque. Socorro. Ayudadme.”
Me quedé desconcertado.
-¿Realmente dice eso? Volvió a leérmelo.
-Y dónde está Stegen?
Maximiliam buscó en el atlas geográfico y después de hallar las coordenadas indicó:
-Es Alemania. El sur de Alemania. Mira, muy cerca de Friburgo, aquí está. Debe ser un pueblo muy pequeño.
-Tenemos que hacer algo –dije-.
-No podemos.
-¿Cómo que no podemos?
Lo extraño –dijo Maximiliam- no es solo el mensaje, sino que haya llegado hasta nosotros. No tenemos comunicación con esa zona, ni podemos recibir ni podemos enviar.
-¿Entonces?
Seguro que es una broma. Nadie mandaría un mensaje así. O una trampa. En estos tiempos de guerra no puedes fiarte de quién envía los mensajes ni porqué. A veces se pierden palabras, como se pierden personas o cosas… Ese mensaje es como una paloma mensajera extraviada. Seguro que ha venido al lugar equivocado. Anda, olvídate de él y deja de leer novelas.
Me desconcertó la opinión de Maximiliam y me molestó, si soy sincero, su actitud. Era verdad lo de las coordenadas: nuestro receptor no podía recibir aquel mensaje. Sin duda se había producido algún cruce inusual que lo había hecho llegar hasta nosotros. Pero aún así me molestó que Maximiliam no intentara ni siquiera llamar a la central.
Creo que Maximiliam no dejó nunca de pensar que los alemanes tenían razón en aquella guerra y le molestaba todo lo que les cuestionase. Pero, ¿qué podía hacer yo a tanta distancia? Volví a mi mesa y esperé hasta el amanecer un nuevo mensaje. Pero no llegó ninguno. Ni ese día ni en las semanas que siguieron. Así que siempre que lo contaba a mis compañeros, ninguno lo tomaba en serio y se reían pensando que alguien me había gastado un broma.
Entonces Maximiliam aprovechaba para insistir en que yo, Juan, era el crédulo más incorregible de todo el cuerpo de telegrafistas de España. Y tanto insistió, que llegué a creerle.
Dos años después el azar me llevó precisamente a Friburgo con motivo de un curso internacional para telegrafistas en el que participó la Compañía y para el que tuve la suerte de ser elegido. Sabía exactamente donde estaba Stegen. Lo había mirado tantas veces en el mapa que era capaz de ir andando los ocho kilómetros que los separaba de Friburgo. Y aunque la razón me aconsejó no visitar aquella localidad, no pude evitar a los impulsos de mi corazón. Así que un sábado por la mañana tomé el autobús y antes del mediodía estaba en Stegen.
En cuanto bajé del autobús pregunté en la misma estación por el sendero del bosque. No les pareció extraño. Después de explicarles lo que buscaba, me dijeron que no estaba lejos y que a continuación del caserío, encontraría ese sendero.
Era un pueblo muy pequeño. Su calle mayor, la que iba de punta a punta, podía recorrerse en pocos minutos. Las ruinas de la guerra se veían aún por todas partes y los parroquianos se afanaban en reconstruir las casas. Observé cierta desolación en la gente, la misma que se vivía en toda Europa. A mitad de camino volví a preguntar a una mujer que se hallaba sentada en un banco de piedra. Me indicó con la mano, sonriéndome amablemente: apenas unos doscientos metros. Continué y, en efecto, en cuanto acabaron las casas se iniciaba un sendero que llevaba al bosque.
Anduve aún unos cien metros más, hasta donde una curva giraba a la derecha, y al salir de ella, entre los árboles, aún me conmueve recordarlo, vi una casa amarilla. ¡Luego era verdad! El mensaje volvió a resonar en mi mente: “Soy un niño. Me llamo Eric. Se han llevado a mis padres. Yo he logrado escapar. Esperaré en la casa amarilla a la salida de Stegen, en el sendero del bosque. Socorro. Ayudadme.”
Como si el telégrafo me urgiese otra vez con su repiqueteo aceleré el paso: Soy un niño. Me llamo Eric. ¡Salvadme, salvadme! Y sin darme cuenta comencé a correr. Llegué sin respiración. La casa estaba agujereada por todos sitios, la puerta arrancada, sin ventanas…, milagrosamente aún en pie. Tuve que colocar un tronco para subir a la plataforma, dado que la escalera por la que se accedía había desaparecido. Traspasé el umbral. Dentro, los rayos de luz se colaban por el techo y dejaban caer del cielo una columna de niebla iluminada. Todo estaba polvoriento, apenas quedaban muebles y los que había parecían desvencijados. Miré por las habitaciones y, aunque vacías, cada una mantenía el aire de lo que fue: la cocina, un salón, los dormitorios…y en uno de ellos, que aún conservaba un pupitre, hallé un libro de bolsillo en alemán: Rund um die Welt in achtzig Tagen, La vuelta al mundo en ochenta días, y en la primera página un nombre escrito con letra infantil: Eric. Y nada más…, y nadie más. Guardé el libro.
¿Podéis entender por qué nunca olvidé su título? Una coincidencia misteriosa había conectado ese libro en dos personas. ¿Y si fue ese el canal por el que llegó el mensaje? Sí, yo era el telegrafista más crédulo de España.
Necesitado de una explicación, me dirigí a la oficina de Telégrafos. Había un muchacho tras el mostrador. Le pregunté por su jefe. El chico entró en la habitación de al lado y al poco salió a recibirme un hombre regordete, calvo, sonrosado, con los ojos muy celestes. Afortunadamente hablaba un francés, aunque tosco, lo suficiente para entendernos.
Mientras hacíamos las presentaciones, el muchacho permaneció cerca de nosotros, como si quisiese participar en la conversación, hasta que el jefe le ordenó que volviese a su trabajo. Pasé a su despacho y le conté sin rodeos lo sucedido aquella noche y pregunté si algún niño pudo haber hecho aquella transmisión.
-Lo ignoro –contestó el hombre con sequedad-, aunque es posible.
Exigí con la mirada una aclaración a aquellas últimas palabras.
-Es sencillo -continuó el colega alemán-. Unos meses antes de comenzar la guerra, el joven maestro de Stegen fue llamado a filas. El alcalde me pidió que me hiciese cargo de la escuela mientras alguien venía a sustituirlo. Acepté sin mucho entusiasmo, pues ignoraba todo lo que tenía que ver con niños. Cuando me encontré entre ellos no sabía qué hacer. No era capaz de mantenerlos en silencio, ni quietos, ni interesados en ninguna materia.
Mi inexperiencia me impedía tener autoridad sobre ellos. Así que se me ocurrió enseñarles el alfabeto Morse. Era lo único que podía transmitir con emoción. ¡Y les encantó! De repente dejaron de charlar, de empujarse unos a otros…, parecía que hubiesen descubierto el lenguaje de los agentes secretos. Y comenzaron a traducir pequeños mensajes, frases divertidas, declaraciones de amor…, hasta que hubo que cerrar la escuela y entonces dejé de ver a aquellos niños. El hombre parecía incómodo. Se volvió de espaldas hacia mí y permaneció unos segundos frente a la ventana que daba a la calle. Cuando se volvió, dijo:
-Sí, no es imposible que algún chico usase el transmisor… pero Eric…, Eric… No recuerdo…, no me suena ese nombre.
-Está bien, no se preocupe –dije-. Solo era curiosidad… o, mejor, si le soy sincero, tenía necesidad de preguntarlo. Ahora ya creo saber lo suficiente y fuese como fuese pertenece al pasado. Cuando me marchaba vi que el muchacho del mostrador me hacia señas. Quería hablarme, pero fuera. Abandoné el edificio y espere a unos metros. Al poco lo vi salir y caminar hasta un recodo en donde no podía ser visto desde la oficina. Fui hasta él. El muchacho hablaba francés perfectamente.
-Les he escuchado tras la puerta –dijo-. Lo hago siempre y no me avergüenza. Hay que estar enterado de todo, por lo que pueda pasar. Conocí al chico que busca: Eric. –Por dos veces miró hacia la oficina para asegurarse de que no le veían-. Mi jefe también lo conoció. Es verdad lo que le ha dicho: todos aprendimos el alfabeto Morse aquel año. Pero él no le dirá nada. Lo sabe todo, pero no le dirá nada. Eric y toda su familia tuvieron que salir del pueblo. Ya sabe: eran judíos. El joven volvió a mirar hacia la oficina y al ver moverse una cortina prefirió dejar de hablar. -No lo busque –dijo mientras marchaba-, en la casa amarilla no queda ya nada de ellos.
-Sí, aún queda algo –dije antes de que se fuera. Introduje la mano en el bolsillo y saqué el librito-: Esto.
-Rund um die Welt in achtzig Tagen –dijo leyendo en alemán. Me miró a los ojos y le vi una sonrisa de niño-.
Sí, ese era su libro preferido. Dicen que algunas palabras no se pierden. Que vagan como fantasmas por el espacio y que volverán a ser escuchadas algún día en el juicio de los hombres. Palabras como estas que llegaron al telégrafo de Juan la noche de 27 de abril de 1944: “Soy un niño. Me llamo Eric. Se han llevado a mis padres. Yo he logrado escapar. Esperaré en la casa amarilla a la salida de Stegen, en el sendero del bosque. Socorro. Ayudadme.”
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Autor Original
Cansino, Eliacer (Sevilla, 1954). Estudió Filosofía en Sevilla y Salamanca. Catedrático de Filosofía en enseñanza media
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Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.
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