El anciano de la banqueta.

El reloj marca las seis, unos desfilan por la acera,  otros corren con la esperanza de así llegar mas rápido, tomar una taza de café del mas barato, por que el sueldo ya no alcanza, corren para poder cenar y dormir envueltos en sábanas y un rico colchón; otros con un cómodo edredón. El frío es tal que que duelen las manos y los dientes crujen, -esto es solo el principio. Exclama con preocupación doña Margarita.
-Claro!, Si estamos en invierno!. Replica Pedro su esposo. Mientras juntos caminan con una bolsita y un par de huevos para cenar.
Tras ellos pasa un joven con un teléfono de esos modernos que tan de moda están, -en su mundo, el teléfono es su mundo se repite Santiago. Mientras el joven pasa esquivando esa triste mirada que ruega piedad mientras el frío abrumador marca el ritmo de los temblores de su cuerpo, tirado noche tras noche sueña que tiene abrigo, un poco de calor o un rico colchón, en cambio tiene la helada y dura acera; donde muchos pasan, donde nunca nadie ve

Ni esta ni en otra noche existe el prójimo, donde la compasión es anticuada y el mito de la olvidada piedad es solo eso, un mito, donde tantas lágrimas de dolor han sido derramadas, donde gritos reprimidos de angustia y dolor han muerto sin ser escuchados, el es eso, un anciano, "el señor de la calle" ese al que nadie ve, del que todos saben pero da lo mismo, es como si no existiera, como si su vida y todo su infortunio fuesen un sueño, una pesadilla sin final.
El gran reloj de la catedral marca las 10, a dos horas de iniciar otro día, otro día mas en el largo tormento que es todo, menos vida.
hace ya mucho tiempo que reina en las calles y en su mente el olvido, hace tanto que no recibe cobijo de los dulces brazos de una madre u otro amor.

No sabe lo que es soñar, entregado a su triste, cruel y dura verdad
-pobre viejito. Susurra una joven al tiempo que bajando de la banqueta pasa a su lado, luego el silencio inunda las calles mientras otra lágrima recorre  su mejia....

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